Durante mis últimos años en Jusan, como mi jefe estaba deseando que me fuese y yo eso no lo hacia ni borracho, me empezó a asignar reparaciones e instalaciones de los equipos que vendía la empresa.
Jamás me negué a hacer cualquier trabajo que se me encomendase, lo que si les tenia que quedar claro es que, como dice el dicho popular: “Si jodo, no barro”, pues yo aplicaba la misma norma. Si se me encargaba un trabajo que no me correspondía, automáticamente dejaba todo lo que estuviera haciendo y me ponía con la nueva tarea encomendada.
Entre las tareas que se me encomendaban, estaban las instalaciones y las reparaciones en la dirección de los clientes. Intentaron que utilizase mi coche o mi moto, pero les dije que mi coche y mi moto eran de uso personal y que no los ponía al servicio de la empresa.
En los primeros años, la empresta tenia un clio industrial y ese era el que usábamos todos. La ventaja: Que según terminabas la tarea, te volvías para Madrid y “a otra cosa, mariposa”.
Ese coche, no tenia a nadie encargado del mantenimiento, luego como todos adivináis, ese coche acabó circulando sin aceite y se gripó. La empresa no quiso reparar el vehículo y volvió a insistir en que pusiéramos nuestros vehículos privados para el uso de la empresa. Los demás no se lo que hicieron. Yo, por lo menos, me negué rotundamente.
En esta situación, se me encargaba una instalación y la empresa pagaba el tren al destino y la vuelta. Si la instalación iba bien, se podía adelantar el billete pagando un poco más, pero no le gustaba a la empresa. La solución: Me quedaba en destino hasta que fuera la hora de mi tren y me volvía a Madrid.
>Es como comencé a llevarme entre mis cosas, mi cámara y empezar a pasear por las zonas donde estaba hasta que llegaba la hora del retorno a Madrid.